La Universitat defiende las quemas para aprovechar la paja del arroz como abono
El profesor de la Universitat de València Enrique Navarro sorprendió ayer a los asistentes a la presentación en Sueca de su trabajo científico sobre las soluciones para las toneladas de paja de arroz que se acumulan en los campos del parque natural de l'Albufera tras la cosecha de cada año. Xavier Bosch, Sueca
Navarro restó importancia a los efectos contaminantes de las denostadas quemas, hasta el punto de proponer como mejor solución en la actualidad la incineración de una parte de esos desechos.
Si bien el experto admite que lo más limpio sería sacar la paja de los campos para destinarla a usos industriales, la inexistencia de este tipo de factorías aconseja «la quema de una parte de la superficie en rotaciones temporales y con un control riguroso». La paja restante, según Navarro, debería ser enterrada siguendo el procedimiento conocido como fanguejat, que consiste en mezclarla previamente con la tierra roturada.
El profesor esgrimió razones «fitosanitarias» para avalar la quema de parte de los sobrantes de la cosecha del arroz, ya que al parecer el fanguejat provoca la aparición de plagas y hongos en la cosecha posterior y obliga a un uso excesivo de productos para combatirlos. La incineración de una parte de la paja del arroz reduciría este problema y, según Navarro, el impacto medioambiental que produciría no es tan alarmante como se piensa: «La cantidad que viene a quemarse al final de la campaña es insignificante si se compara con otras actuaciones mucho más perjudiciales».
El estudio, financiado por la Fundación Biodiversidad, compara la quema de la paja del arroz con la de leña proveniente de la poda de los naranjos en la comarca. En este sentido, las 70.000 toneladas de paja del arroz que se originan anualmente en toda la Albufera -de ellas la mitad en el término de Sueca- soponen en su conjunto un volumen inferior al ocasionado por la poda de los naranjos. La incineración de esa leña, según Navarro, produce un mayor impacto ecológico que la de la paja. Sin embargo la problemática de esta última se acentúa porque las quemas se concentran en apenas dos semanas, provocando las quejas de la población residencial y originando año tras año el mismo debate entre los afectados y los arroceros.
Navarro explicó ayer que la alternancia de las hogueras y los enterramientos «sería beneficiosa porque reportaría nutrientes naturales a la tierra y evitaría el uso de pesticidas contaminantes».
La quema de la paja, solución utilizada habitualmente por los agricultores, genera quejas en las ciudades cercanas. El humo, además de reducir la visibilidad en las carreteras colindantes a los campos, emana una serie de emisiones perjudiciales para la salud que superan los límites aconsejados por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Navarro restó importancia a los efectos contaminantes de las denostadas quemas, hasta el punto de proponer como mejor solución en la actualidad la incineración de una parte de esos desechos.
Si bien el experto admite que lo más limpio sería sacar la paja de los campos para destinarla a usos industriales, la inexistencia de este tipo de factorías aconseja «la quema de una parte de la superficie en rotaciones temporales y con un control riguroso». La paja restante, según Navarro, debería ser enterrada siguendo el procedimiento conocido como fanguejat, que consiste en mezclarla previamente con la tierra roturada.
El profesor esgrimió razones «fitosanitarias» para avalar la quema de parte de los sobrantes de la cosecha del arroz, ya que al parecer el fanguejat provoca la aparición de plagas y hongos en la cosecha posterior y obliga a un uso excesivo de productos para combatirlos. La incineración de una parte de la paja del arroz reduciría este problema y, según Navarro, el impacto medioambiental que produciría no es tan alarmante como se piensa: «La cantidad que viene a quemarse al final de la campaña es insignificante si se compara con otras actuaciones mucho más perjudiciales».
El estudio, financiado por la Fundación Biodiversidad, compara la quema de la paja del arroz con la de leña proveniente de la poda de los naranjos en la comarca. En este sentido, las 70.000 toneladas de paja del arroz que se originan anualmente en toda la Albufera -de ellas la mitad en el término de Sueca- soponen en su conjunto un volumen inferior al ocasionado por la poda de los naranjos. La incineración de esa leña, según Navarro, produce un mayor impacto ecológico que la de la paja. Sin embargo la problemática de esta última se acentúa porque las quemas se concentran en apenas dos semanas, provocando las quejas de la población residencial y originando año tras año el mismo debate entre los afectados y los arroceros.
Navarro explicó ayer que la alternancia de las hogueras y los enterramientos «sería beneficiosa porque reportaría nutrientes naturales a la tierra y evitaría el uso de pesticidas contaminantes».
La quema de la paja, solución utilizada habitualmente por los agricultores, genera quejas en las ciudades cercanas. El humo, además de reducir la visibilidad en las carreteras colindantes a los campos, emana una serie de emisiones perjudiciales para la salud que superan los límites aconsejados por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
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